“Cuando todo es coaching, el coaching deja de existir.”
- Erika Salazar
- hace 15 horas
- 5 Min. de lectura
Actualizado: hace 11 horas

Ayer participé en un conversatorio que me invitó el capítulo de Chile de la International Coaching Federation, junto con otras dos coaches MCC, en conmemoración del día de la mujer. Una de las preguntas que se hicieron la verdad no me acuerdo mucho cual fue, solo la agradezco porque aún resuena en mí y me surge escribir esta reflexión.
¿El coaching está en una crisis de identidad.?
Y cuando todo es coaching, finalmente nada lo es.
En los últimos años ha comenzado a aparecer una conversación incómoda dentro del mundo del coaching: la crisis de identidad de la disciplina. Aparece en congresos, en conversaciones entre coaches, en programas de formación, en publicaciones en Linkedin y también en las organizaciones que contratan procesos de coaching. A veces se menciona con preocupación, como si fuera una señal de deterioro. Otras veces aparece como una crítica al crecimiento desordenado del campo. Sin embargo, también puede ser observada desde otro lugar: como un síntoma natural de maduración.
Cuando una práctica crece rápido, inevitablemente atraviesa ciertos momentos. He visto que primero llega la expansión. Luego aparece la diversidad. Después surge la confusión. Y recién más adelante comienzan a consolidarse los marcos más claros. El coaching, como disciplina, parece estar exactamente en ese punto de transición.
Hace poco más de veinte años el coaching era una práctica relativamente pequeña. Circulaba principalmente en algunos espacios de liderazgo, desarrollo organizacional y crecimiento personal. Cuando me certifiqué el 2008 tenía que explicar lo que era el coaching a mis familiares y amigos… Con el tiempo comenzó a expandirse de manera acelerada. Las organizaciones descubrieron el valor de las conversaciones de coaching para acompañar procesos de liderazgo, cambio cultural y desarrollo de talento. Al mismo tiempo, muchas personas encontraron en el coaching un espacio poderoso para reflexionar sobre sus decisiones, su identidad y sus posibilidades.
En ese proceso de expansión, instituciones como la International Coaching Federation (ICF) jugaron un papel muy relevante al impulsar estándares profesionales, credenciales internacionales y códigos de ética que permitieran darle mayor solidez a la práctica. Gracias a ese esfuerzo colectivo, el coaching dejó de ser visto como una práctica difusa para comenzar a consolidarse como una profesión con criterios, competencias y marcos de referencia.
Pero el crecimiento también trajo algo que suele ocurrir cuando una práctica empieza a ganar visibilidad: la palabra comenzó a expandirse más rápido que la disciplina. El coaching se convirtió en un término atractivo, poderoso, fácil de comunicar. Y poco a poco empezó a usarse para nombrar cosas muy distintas entre sí.
Hoy la palabra coaching aparece asociada a múltiples ámbitos: coaching ejecutivo, coaching de vida, coaching espiritual, coaching motivacional, coaching de negocios, coaching de fitness, coaching energético, entre muchos otros. La diversidad, en sí misma, creo que no es el problema. De hecho, muchas disciplinas evolucionan precisamente a partir de la diversidad de enfoques. El desafío aparece cuando prácticas con fundamentos, metodologías y propósitos completamente distintos comienzan a compartir la misma etiqueta.
Cuando eso ocurre, algo se vuelve confuso para el mercado, para las organizaciones y para quienes buscan un proceso de acompañamiento serio.
Bajo la misma palabra conviven profesionales con años de formación, práctica reflexiva y supervisión, junto con propuestas extremadamente superficiales que prometen resultados rápidos sin una base metodológica clara. Esta mezcla genera inevitablemente una tensión que impacta la credibilidad de toda la disciplina.
La crisis de identidad del coaching nace precisamente en ese punto. No surge porque el coaching esté perdiendo valor, sino porque todavía está en proceso de definir con mayor claridad su propio territorio, que a mi juicio está en tensión entre LA PROFUNIDAD Y EL MERCADO. Las disciplinas maduras suelen atravesar este tipo de procesos. Primero crecen de forma amplia y diversa, luego se cuestionan a sí mismas y finalmente comienzan a consolidar marcos más precisos sobre su práctica.
En medio de esa conversación vuelve a aparecer una pregunta esencial: ¿Qué es realmente el coaching?
La respuesta no siempre es evidente, especialmente cuando la palabra se ha extendido tanto. Sin embargo, cuando uno vuelve al corazón de la práctica, aparece una distinción que resulta fundamental. El coaching no es enseñar a alguien qué hacer. No es entregar consejos. Tampoco consiste en transmitir experiencia o decirle a otra persona cómo debería actuar frente a un problema, tampoco es ir al pasado y mirar antiguos traumas o dolores. Existen disciplinas muy valiosas que cumplen esas funciones —la mentoría, la consultoría, la capacitación, la sicología— pero el coaching opera desde otro lugar.
Desde mi experiencia, que sin duda es valiosa por los años y no es la verdad ni pretende serlo, el coaching es, en esencia, una práctica conversacional que crea las condiciones para que una persona pueda observar algo que antes no veía, así de simple y de complejo a la vez. En ese espacio, el foco no está en ofrecer respuestas, sino en abrir nuevas preguntas. No se trata de dirigir el camino del otro, sino de ampliar su forma de observar la realidad que habita. Y cuando una persona logra ver algo que antes permanecía invisible —una creencia, una interpretación, un patrón de acción, una emoción no reconocida— muchas veces ocurre algo significativo: cambian sus decisiones, cambian sus acciones y, en algunos casos, cambia también la forma en que se comprende a sí misma.
Cuando esta esencia se diluye, el coaching comienza a confundirse con otras prácticas. A veces se convierte en asesoría. Otras veces en motivación. En ocasiones se acerca a la terapia o a la capacitación. Todas esas prácticas pueden ser profundamente valiosas, pero el coaching pierde su potencia cuando intenta parecerse a todas ellas al mismo tiempo.
Tal vez por eso la actual crisis de identidad no sea necesariamente una señal de debilidad. Puede ser, más bien, el comienzo de una segunda evolución del coaching. Un momento en el que la disciplina vuelve a preguntarse por su esencia, por sus límites y por su responsabilidad profesional. Es probable que en los próximos años veamos un mayor énfasis en la práctica reflexiva, en la supervisión, en la calidad de la formación y en la claridad sobre qué distingue realmente a un proceso de coaching profesional.
Las disciplinas que perduran en el tiempo no lo hacen por la fuerza del marketing, sino por la profundidad de su práctica. Y el coaching, en su forma más genuina, tiene una potencia enorme para acompañar procesos de desarrollo humano y organizacional.
Quizás, entonces, la pregunta más interesante no sea simplemente qué está pasando con el coaching como industria. La pregunta más desafiante es otra, mucho más personal para quienes ejercen esta práctica: qué tipo de coach queremos ser en medio de esta conversación. Porque cada proceso de coaching, cada conversación y cada intervención contribuyen —de alguna manera— a construir la identidad futura de la disciplina.
Al final, el coaching no es una técnica ni una fórmula. Es una práctica de conversación profunda que permite que algo emerja en el otro. A veces es una comprensión nueva. A veces es una emoción que no había sido escuchada. Y a veces es simplemente una frase que la persona logra decir por primera vez.
En esos momentos ocurre algo muy particular: alguien logra escuchar dentro de sí algo que todavía no tenía palabras. Y cuando eso sucede, algo en su manera de habitar el mundo comienza a transformarse. Ahí, probablemente, es donde el coaching revela su verdadera esencia.
Y ahí veremos quién ganará… si la Profundidad o el Mercado o si encontraremos el punto medio orgánico entre ambos.
Erika Salazar M.


Comentarios